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Cuentos cortos para una noche de insomnio (Tercera parte)

Publicado: 12 de marzo del 2018 |Por Silabario |En Enletrados |0 comentarios

 

 

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Te presentamos la última parte de los cuentos cortos de Esbeidy López, en los que las emociones son las protagonistas.

 

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El insomnio había regresado más poderoso que nunca. En su último encuentro había salido perdiendo, por eso volvió con sed de venganza. Venía dispuesto a destruirla. Esta vez no le iba a robar el sueño, la iba a dejar dormir. Quería que soñara, que alimentara sus ilusiones para después destruírselas con las peores pesadillas. Solo bastó con introducir una en sus sueños para hacerla pedazos. La pesadilla le arrancaba cada pedazo de su ser, devoraba con atrocidad su felicidad, desgarraba su corazón y no le permitía despertar. Ella luchaba por abrir sus ojos y huir de ese tormento, pero el insomnio la dejaba dormir para que la pesadilla acabara con ella.

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Estaba manejando de regreso a casa. Era su cuerpo quién lo hacía, porque su mente estaba en blanco y su corazón estaba destrozado. Por inercia llegó y se estacionó. Se quedó al volante unos minutos. Su mente aún no asimilaba lo que acababa de suceder. Agarró la bolsa de las compras y se bajó del auto. Entró a la casa. Se recargó en la puerta y se dejó caer sentada. La casa estaba impregnada de recuerdos de él. Las lágrimas aún no lograban salir. Sacó de la bolsa la botella de vino blanco que había comprado para celebrar aquello que, en esos momentos, ya no existía. Comenzó a llorar. Cómo podía haberle roto el corazón de esa manera. “¿Cómo pudo?” se preguntaba. Una vez que las lágrimas salieron, ya no las podía contener. Se puso de pie y se dirigió a la sala. Agarró papel y una pluma y se puso a escribirle todo eso que no su boca no pudo articular en su momento. Cada palabra llevaba impregnada una lágrima de amargura. Le escribió una carta que sabía que jamás le entregaría. Terminó. Arrugó el papel. No tenía sentido. No había más que decir. Todo había llegado a su fin. Él no iba a volver y ella no iba a seguir pensando en él.

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Se secó las lágrimas. No debía llorar, nada iba a cambiar con su llanto. Volteó a ver al papel arrugado. No tenían por qué irse a la basura sus palabras. Lo tomó y fue por las llaves de su auto. Salió sin pensarlo. Se sentó al volante y arrancó. Se sabía el camino de memoria. Sus impulsos la llevaron hasta su casa. Su corazón le decía que lo hiciera, nada tenía que perder. Para su sorpresa, la razón estaba de acuerdo. Llegó a su destino sin darse cuenta. Tomó el papel arrugado que había viajado con ella de copiloto y salió del auto. Un frío invadió su cuerpo. No sabía si era porque olvidó el abrigo o por los nervios que sentía. Tocó la puerta. Sintió el nudo en su estómago. Volvió a tocar. No había respuesta. El corazón se le aceleraba. Un último intento. Una luz se encendió. Se escucharon sus pasos. La puerta se abrió. Sorprendido le preguntó qué hacía ahí. Ella tomó la carta que le había escrito y se la leyó de corrido. Ya no sentía frío. Cuando terminó, sintió como si se hubiera quitado un enorme peso. Ya nada importaba. Le sonrió y le dijo adiós. Él la quiso detener. Pero ella tenía las fuerzas suficientes para marcharse. El poder estaba en ella. Era ella quien iba a decidir si quería quedarse.

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El vuelo se había retrasado. Dos horas sonaban eternas. No había nada interesante en su celular y había terminado de leer el libro que llevaba para el viaje. Los minutos avanzaban eternamente.

De pronto, un chico se le acercó y le sonrió con una dentadura perfecta.

-Disculpa, ¿tienes cargador de iPhone?

-No -contestó ella.

Él se sentó en la silla que estaba a un lado.

-Qué lástima, mi vuelo se retrasó y no tengo batería.

Así, entablaron una conversación que sin darse cuenta las dos horas de espera pasaron volando.

-¿Me das tu número para seguir en contacto? -preguntó él antes de que ella abordara.

-Claro -contestó ella -¿tienes papel para anotarlo?

-No, pero tengo mi celular -sacó su teléfono del bolsillo y le sonrió…

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Abrí el libro de nuestra historia justo en esa página donde nos quedamos la última vez. Leí las últimas líneas que nos dijimos y las subrayé. Podría continuar escribiéndole, pero en realidad me gustó el final que le dimos. Un final que estaba escrito desde antes de comenzar a escribir, uno que sabíamos que así terminaría. Antes de cerrar el libro, puse aquella flor amarilla como separador. Es el único recuerdo que conservo y que dentro de poco se marchitará…

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El insomnio se apodera nuevamente de mí. Me arrastra hasta lo más profundo, a ese abismo lleno de recuerdos. Me pone una imagen, otra, un recuerdo, otro, trae el pasado, más. No para. Quiere mantenerme despierta y sabe cómo lograrlo. Conoce mis más profundos pensamientos y los trae a la luz para que no duerma.

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Y así, en palabras de Esbeidy, esperamos que la noche se te pase tranquila y en la buena compañía de estas letras…

 

 

Esbeidy López

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