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El que nace pa’ tamal…

Publicado: 29 de enero del 2018 |Por Silabario |En Morelia Habla |0 comentarios

 

 

tamalero

La cruda historia de “El Tamalero” de Morelia

 

Es 21 de abril de 2004. Carlos Constantino Machuca admite haber matado y destazado a su amigo, negando rotundamente que lo pretendiera hacer en tamales.

El hombre de 56 años de edad, quien elaboraba tamales en su vivienda que se ubicaba en el Centro Histórico de la capital del estado, Morelia,  confesó haber asesinado y destazado a su amigo José Rigoberto Zavala, en la misma.

“Sí, yo lo maté porque ya me tenía hasta la madre. Siempre me presumía que él era más grandote, más fuerte y más chingón que yo, a pesar de que era más viejo”, declaró Constantino Machuca; y ¿está es razón suficiente para quitarle la vida a una persona? ¿Qué piensa usted? ¿Mataría a su amigo solo porque ya lo tiene hasta la madre?

Prosigamos con la historia, así los hechos, según la versión de Carlos Constantino: “Yo sabía que no existe el crimen perfecto, pero algo tenía que hacer con el cuerpo del Rigo; por eso lo corté en pedazos, para echarlo por el caño y que se lo comieran las ratas, no para hacerlo tamales. ¡N’ombre, si no estoy loco para hacer esto!”.

Él y su compadre Rigoberto Zavala, quien era vendedor ambulante de mandiles, se reunieron el lunes, -sitúese en la fecha, estamos en el 2004-, cerca de las dos de la tarde a platicar, y como Constantino estaba crudo, su amigo le disparó unos tragos de jerez para la resaca.

Tomando en la vía pública por casi tres horas, Carlos Constantino invitó a su amigo a seguir bebiendo en su casa, y compraron una botella de brandy Presidente y unos refrescos. Eran ya al rededor de las ocho de la noche, cuando Rigoberto se quedó dormido en el sofá de la casa de Constantino, -en esta vivía con su esposa, uno de sus hijos y su nuera, ¿se imagina? hasta suerte tuvo de que no estuvieran en su casa-, así, este al verlo dormido, tomó un cuchillo y se lo enterró en el corazón, esto con la excusa, ¡porque no puede ser otra cosa!, de que lo estuvo molestando toda la tarde, presumiendo que era más fuerte que él -que Constantino-, e incluso le dio unas cachetadas, así lo mencionó Constantino al fiscal Torres Jiménez.

¿Y es que es esa razón para enterrarle el cuchillo a alguien?

Poco después llegó su familia, quienes vieron el acto y reclamándole lo que hizo, lo abandonaron. ¿Te quedarías con alguien al haber que cometió la atrocidad de matar a su compañero de parranda en el sofá de tu casa?

Bueno, continuemos con los hechos. Aún quedaba brandy, y Carlos Constantino se lo tomó al mismo tiempo que planeaba qué hacer con el cuerpo de su víctima, y fue así como por eso de las tres de la madrugada ya del día siguiente, decidió destazarlo, así, a sangre fría, en el piso de la sala. -Les daría más detalles, pero no creo que haya necesidad de ello-.

Y es que pueden imaginarse hasta dónde llegó la mentalidad de alguien, -que no estoy inculpando ni condenando-, que puede asesinar, destazar y cocer a su víctima, para echar sus restos por el caño y que se lo coman las ratas; discúlpame tú que lees esto, pero para mí es algo brutal, esa imagen me parece perturbadora…

Si Carlos Constantino Machuca pretendía tirar los restos de José Rigoberto por el caño para que no quedaran rastros de él en su casa, si no pretendía “hacer tamales” con su carne, ¿por qué razón cocía los restos con hojas de aguacate y especias?, ¿tiene alguna lógica colocar ingredientes si pretender arrojar algo al caño? y ¿para qué tener al lado de la olla una bola de masa de diez kilos, salsa de igual volumen y no tener carne de pollo o de res?

Así, en el recuento de los daños -como diría Gloria Trevi- o por causa del alcohol, por el bullying por parte de su amigo, Carlos Constantino Machuca, decidió acabar con la vida de su amigo, dejando la incógnita de los tamales y una gran perturbación en los morelianos -y cuantos más leyeron sobre este hecho-. Y solo piensa… ¿En quién puedes confiar? ¿Amigos o enemigos? Porque más allá de la atrocidad del hecho, es un hombre quitándole la vida a su amigo, a su compañero…

Todas las opiniones son responsabilidad de su autor, no de los editores.